Durante los últimos últimos 30 años –en algún sitio hay que cortar– se ha dado una tensión territorial en el Estado español que podría resumirse de esta forma: La periferia quería más autogobierno, el centro quería dar menos. En ningún caso puede hablarse de conflicto simétrico por dos razones: 1- El peso demográfico del centro […]

La noche del 25 de mayo, cuando tras el rotundo triunfo de Podemos y Pablo Iglesias en las elecciones europeas algunos señalamos la importancia de la televisión en su gesta, muchos tomaron el comentario como una crítica. Entendían que, al decir que Iglesias había conseguido 5 diputados por salir en la tele, se estaban menospreciando sus ideas políticas o la gran campaña que había realizado su equipo. Pero nada más lejos de la realidad. Al contrario, el haber intuido desde el principio que la tele era mucho más eficaz para su campaña (en detrimento de internet u otro medios) y conseguir convertir las ondas catódicas en el gran difusor de sus planteamientos políticos son dos grandes virtudes que les encumbran como estrategas mucho más allá de la épica que pueda tener su estrategia. Es precisamente su renuncia a la forma en pos de la eficacia lo que dice sobre Podemos y el fenómeno social que diagnostica.

Llevo dos días sin parar de discutir sobre la noticia de El País sobre las 38 personas que murieron en el incendio provocado por partidarios del Maidán ucraniano en la localidad de Odesa. Mi postura sobre la noticia, resumiéndola mucho, tiene dos partes. En primer lugar, sí, creo que El País (nótese que hablo de El País y no de la periodista, luego explicaré por qué) sirvió la noticia muy mal, con evidente intención de manipular o al menos de arrimar el ascua a la sardina del Gobierno ucraniano. En segundo lugar creo que una gran parte las críticas lanzadas desde las redes sociales han sido sobrepasadas, exageradas e incluso frívolas.

¿Me he vuelto loco? ¿Tengo algún tipo de síndrome bipolar? Es posible que durante estos días haya podido parecer así por mis tuits, pero tuiter tiene la característica de que no permite explicar fácilmente una postura medianamente compleja. Durante estos días he oído de todo, desde que era un agente a sueldo (en serio) hasta que mi postura era puro corporativismo. Voy a tratar de explicar por qué creo las dos cosas a la vez.

El Partit del Socialistes vivió ayer una de esas jornadas que marcan. Habían puesto muchos huevos en la cesta de las primarias abiertas, vendidas a bombo y platillo como si de un acontecimiento planetario –por utilizar las palabras de otra insigne socialista– se tratase. El partido está en horas peores que bajas, por mucho que Collboni asegure que “el PSC es mucho PSC” y la dirección haya decidido ponerse una venda en los ojos. El mucho PSC, no es ningún secreto, tiene unas estructuras viejas, desgastadas y roídas, y una masa de fieles que mengua por días.

¡Qué magnífica Navarra! Con sus paisajes, sus selvas y sus desiertos, y sus gentes, catetas y afrancesadas y burguesitas y emigrantes, y con sus leyes viejas como los viejos reinos, y con sus élites pétreas como sus templos octogonales del siglo XII. Con sus curiosidades diferenciales, sus republicanos católicos en las cunetas, su Opus reinante […]

Hoy publico un artículo en Naiz y Gara analizando las simetrías y asimetrías existentes entre el proceso soberanista catalán y el (no proceso) vasco, y trato de explicar por qué la izquierda independentista vasca se equivocaría si intentara emular el “método catalán”.

La batalla interna en el PSC hace tiempo que tiene tintes trágicos. El proceso soberanista ha roto el PSC en innumerables pedazos y, peor todavía, de forma transversal. Porque los socialistas pierden votos, sí, pero además han perdido hasta al 25% de la dirección, unos datos que dan cuenta de la dimensión desastre interno. Pero lo que para unos es masacre, para otros es festín. Concretamente ERC, ICV y C’s se reparten el botín magnífico que queda del repliegue del que llegó a ser en 2003 el partido más votado de Catalunya.