Elecciones en otoño

Hace exactamente un año Catalunya se preparaba para la consulta del 9-N. La organización del evento estaba resultando complicada logísticamente, con un Gobierno español omnipresente que podía aprovechar la más mínima equivocación para llevar al Govern a los tribunales y una Unió que ponía pegas a rebasar los límites legales. Mas tampoco tenía grandes incentivos para convertir al 9-N en el referéndum definitivo, porque era imposible que algo así sirviese para dar una salida al procés. Pero las entidades y los partidos independentistas apretaban, y Mas necesitaba hacer malabarismos para contentar a ERC y a Unió, sin los cuales no podía gobernar.

Lista conjunta y aplazamiento

A finales de septiembre de 2014 comenzó a verse que Mas no celebraría el 9-N tal y como lo había diseñado. El president ofreció a los líderes soberanistas dos opciones para el 9-N: plebiscitarias con lista unitaria de CDC y ERC o una fórmula de consulta rebajada. No era la primera vez que Convergència pretendía hacer una lista conjunta con ERC, en las elecciones europeas este proyecto ya había sido puesto sobre la mesa, liderado por Ernest Maragall. Pero Junqueras se revolvió entonces, como se revolvió en las vísperas del 9-N.

Sea como fuera, entre elecciones plebiscitrias y consulta de mentirijillas, los partidos eligieron la segunda. No sin pataleta de ERC e ICV-EUiA, por cierto. Pero tras la consulta los partidos y entidades observaron, como ya sabía Mas, que con eso podían avanzar poco, así que comenzaron a plantear la necesidad de hacer elecciones “cuanto antes mejor”. Una segunda vuelta. “Antes de fin de año”, exigieron los diputados de la CUP en el despacho que el President utiliza en el Parlament. Mas ponía la cláusula de siempre, que ERC se plegara a sumarse a la lista conjunta que antes había negado. Junqueras volvió a decir que no, por tercera vez.

El 12 de enero Convergència tuvo un Comité Ejecutivo especial. En medio de unas negociaciones con ERC que, supuestamente, todavía seguían, el president deslizó una fecha: Otoño. A algunos dirigentes nacionales les cogió a contrapié, en un clima en el que se entendía que había que revalidar el resultado del 9-N cuanto antes, algo exigido por las entidades. Cabe decir que, en aquel momento, Mas aún solo estaba en proceso de tomar el control total de la ANC, una tarea que culminaría meses después. Pero para principios de año el líder tenía claro que se debía esperar al menos hasta después del verano para volver a llamar a los catalanes a las urnas.

Hoy es sábado es 26 de septiembre, el verano ha pasado. Finalmente, las elecciones han sido cuando Mas quería, en otoño, y como Mas quería, con una lista conjunta entre CDC y ERC. La lista conjunta, Junts pel Sí, es la fórmula óptima para frenar en seco la caída que su partido venía sufriendo en todas las últimas citas electorales. Para conseguir esta lista, el círculo del president ha necesitado ejercer una presión asfixiantes sobre ERC, utilizar todo el catálogo posible de amenazas políticas y convertir a la Assemblea en una correa de transmisión del Palau. El objetivo de eso esta claro, pero si se consiguió entre mayo y junio, igualmente podría haberse conseguido entre diciembre y enero pasados. La pregunta, entonces, es por qué no se hizo. ¿Alguien se ha preguntado por qué Mas quería elecciones después del otoño?

Es un razonamiento naïf aquel que intenta explicar esto asegurando que Mas ha intentado agarrarse a la silla todo lo posible. Con un ciclo, en lo personal, que está comenzando a cerrarse, a estas alturas de su carrera cuando Mas piensa en el futuro piensa como el heredero de una dinastía. Quiere dejar como legado a su sucesor al menos el mismo imperio político que le llegó a él de manos de Pujol. Darle una salida al procés, o al menos dejarlo lo más encarrilado posible, se convirtió en una necesidad personal en 2012, pero se transmutó en una necesidad de partido, de familia, de saga política, hacia 2014.

Para que Convergència pueda resolver el procés, Mas necesita que llegue la oferta española. El entorno del president lo reconoce en privado, y es algo que se sabe en las entidades, lo sabe Junqueras y lo sabe todo el mundo que quiera saberlo. Además, explica en buena medida el inmovilismo de Moncloa. El president de CDC ha retrasado todo lo posible las elecciones porque espera un cambio en el Gobierno español que le pueda brindar a su partido, convertido ya en un movimiento de masas, una salida honrosa. La idea es que el Estado haga una propuesta que desinfle el independentismo unos cuantos puntos, que Mas la lleve a las urnas y que, todo junto, le infrinja una derrota democrática al independentismo. Catalunya cerrará 4 años de procés con un presidente de Convergència y el mayor nivel de competencias jamás alcanzado. Esta es la hoja de ruta pragmática que se esconde tras las promesas independentistas, que Mas utiliza como amenaza pero también, cabe recordarlo, como plan B por si todo falla que cada día tiene más posibilidades de ser llevado a cabo.

El último servicio de Convergència al Estado

El error histórico del Gobierno español es olvidar que CiU ha sido el muro de contención nacional catalán. Por mucho que electoralmente a un PP desnortado y sin visión de Estado como el de Rajoy haya necesitado explicar lo contrario, Convergència es un aliado del órden del 78 y un agente que lleva en el ADN la preferencia por el pacto en despachos de Madrid antes que por la rebelión. Pero cuando la presión nacional catalana aumentó, en Madrid se habían creído su propia mentira cacareada a diario por un tea party mediático con más peso en la opinión pública que nunca. Desde estos altavoces, engrasados por el poder político madrileño, tardaron un minuto en achacar los movimientos tectónicos catalanes del final de los 2010 a la mano de la nueva CiU de Artur Mas, así que en vez de reforzar el muro que CiU constituía se dedicaron a empujar para desmoronarlo.

Tres años después, reconducir el procés hacia una salida negociada con el Estado el último y mejor servicio que la vieja Convergència puede hacer al órden español. Pero para que eso ocurra, ahora como antes, Mas necesita encontrar en el Estado una mano aliada, algo que pueda rescatar el órden estatal y, a la vez, a su partido. Algo como una oferta estatutaria que el líder pueda envolver ante los catalanes en palabrería de celofán y que, sin embargo, cada día que pasa tiene menos posibilidades de producirse.

Mas acude este domingo a unas elecciones en las que muy probablemente quedará primero. Si las encuestas no se equivocan mucho, su reelección dependerá de una tensa negociación con la CUP. La izquierda independentista sabe que el problema no es Mas, sino el intento evidente de cerrar el procés con un pacto de élites. Por eso, aunque durante la campaña una parte de la izquierda catalana, la más torpe y con menos visión estratégica en décadas, ha puesto su foco en el nombre de Mas, la CUP necesita sentarse a la mesa de negociación para arrancar acuerdos que saquen la pelota del Palau y la devuelvan a un movimiento popular que es lo único que puede desbaratar las intenciones de Convergència.

De no alcanzar un acuerdo, la nueva cámara tendría como mucho 30 días hábiles para investir al president o volver a convocar elecciones. ¿Cuál es la fecha límite para eso? El 9-N, de 2015. En el aniversario de la consulta por el que el president está querellado, la CUP deberá decirle que no lo vota, asumiendo el riesgo de ser acusados de impedir la independencia. El calendario mental de Artur Mas tiene una lógica épica, casi autoparódica, como de un malo de dibujos animados.

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2 comentarios

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