Business as usual

Durante los últimos últimos 30 años –en algún sitio hay que cortar– se ha dado una tensión territorial en el Estado español que podría resumirse de esta forma: La periferia quería más autogobierno, el centro quería dar menos. En ningún caso puede hablarse de conflicto simétrico por dos razones: 1- El peso demográfico del centro es 4/5 veces mayor, es decir, puede controlar el Estado con mayorías. 2- El centro está cohesionado mientras que la periferia es plural en lo nacional, de mayorías cambiantes.

La situación que esto produce es que cuando la sociedad catalana consigue llegar a consensos internos (recordemos que es difícil puesto que hay varias tendencias), el Estado tiene capacidad para romper esos consensos desde fuera. Y lo hace a placer. Rompe consensos educativos, culturales, de modelo juridicopolítico o llega a ilegalizar partidos, por señalar algunas de las más dramáticas. La baraja se rompe a mediados de los 2000 (véase que no hay vínculo directo con crisis económica en este primer momento) cuando sobreviene el fin de ese modelo de tensión asimétrica y desde Euskadi y Catalunya, no por casualidad a la vez, se apuesta por la reforma unilateral pero dentro de los márgenes de la legalidad.

Por supuesto, el Estado hace lo de siempre bloqueando la mayoría interna para imponer la mayoría estatal externa. Sin embargo el modelo de contención autonomista estaba ya roto y esta vez el bloqueo no le sale gratis al Estado, sino que precipita un cambio de mayorías sociales en Catalunya. No tanto hacia la independencia, aunque esta opción sube como nunca, pero el consenso que se crea es en la unilateralidad. Es decir, hacer una consulta y llevar hasta las últimas consecuencias la decisión de los catalanes.

Durante este proceso de casi 10 años una nueva variable muy poderosa ha entrado en juego: la crisis y los movimientos sociales que la contestan. Ante eso, en Catalunya conviven perfectamente –y se solapan– las peticiones sobre lo nacional y sobre lo social. Es más, en la lucha por lo social muchos movimientos sociales catalanes encuentran un potente vehículo en lo nacional, al menos desde el punto de vista discursivo. Buena parte de los partidos de izquierdas en Catalunya utiliza lemas como “derecho a decidirlo todo”, “independencia para cambiarlo todo”, “derecho a decidir sí, derechos sociales también”.

También por efecto de la crisis y la movilización social las mayorías en España cambian. La lucha por los derechos sociales y por la democratización se da a la vez en todo el Estado y, sin llegar a ser mayoría clara, alcanzan altas cotas a la vez en Catalunya y en España. En lo político, el trompazo de las élites políticas se empieza a dar 2 años antes en Catalunya, cuando los dos partidos que han regido el país durante 30 años, PSC y CiU, pierden cerca de 20 puntos del voto. En España acaba pasando lo mismo con PP y PSOE.

Y en este momento, cuando parece que está habiendo una ruptura casi sincronizada del modelo social y del territorial, algunas voces de Madrid se lanzan a decir que el proceso nacional catalán recompone el régimen. Es decir, que refuerza a CiU (que se la ha pegado en Catalunya) y al PP (que se la ha pegado en España).

La cosa se pone más fea ya que, como el criterio de la sociedad española no se mueve en lo territorial pero bascula hacia lo social, algunos entienden que ir en contra del criterio de la mayoría española es ir en contra de su posición en lo social, idea que cae sobre la almohada del viejo tópico de la izquierda internacionalista o antinacional. Una vuelta de tuerca sobre el ombliguismo “conmigo o contra mi” que, por otro lado, no representa ninguna novedad en el transcurso de la política española de los últimos 30 años. Hay que destacar, por supuesto, que esto son solo algunas voces. Lo cierto es que grupos emergentes como Podemos lo han pillado rápidamente y están introduciendo en la sociedad española buenas dosis de pedagogia que, esperemos, hagan efecto en la posición sobre la posición nacional. Aunque de momento, no parece estar teniendo reflejo inmediato.

Se acusa desde Madrid al procés de ser continuista. Y desde la óptica de Madrid, cuyo problema solo son los derechos sociales, es cierto que lo es. De lo que no se dan cuenta es de que el modelo territorial, pese a no ser un problema para ellos, sí lo es para mucha gente con la que comparten objetivos. De hecho en Catalunya se están solapando las luchas de forma bastante fructífera. Una ruptura territorial obliga al establishment a un proceso constituyente, y ese es un campo de batalla muy apetecible para la pelea por lo social. Tanto es así que ese, el del proceso constituyente, es el escenario por el que mucha gente en Madrid está apostando para sí misma.

Pero desde la óptica catalana, lo que se ve en España son aliados en lo social y continuismo en lo nacional. Y una incomprensión flagrante de que es imposible crear mayorías en Catalunya sin abordar el problema de la soberanía, que colea desde mucho antes de la explosión de lo social.

En Catalunya hay, según parece, consenso sobre la soberanía. Los movimientos intentan aprovechar ese consenso para moverlo hacia “soberanía y derechos sociales”. Pero desde algunos los movimientos sociales españoles se responde que derechos sociales sí, pero que hablar de modelo territorial es desviar la atención, o peor, alimentar al sistema al que combaten. Las mayorías sociales cambian en España, pero su idea sobre lo nacional sigue invariable: Catalunya no puede decidir unilateralmente en contra del criterio de España.

Parece pues que en Madrid también hay consenso en lo territorial. Un Estado que lo cambia todo en lo social para que nada cambien en lo territorial. Esta percepción marida como pocas con el viejo tópico del “España antes roja que rota”. Y muchos catalanes contestan: Business as usual.

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Un comentario

  1. Hola,

    Quiero discrepar en varias cosas.
    La primera es que iniciado el 2000 se rompe la baraja territorial (imagino te refieres a Euskadi). Esta afirmación, que no comparto en absoluto, ignora varias cosas, que paso a listar sin explicar porque sería muy largo:

    – Pacto de Lizarra entre el nacionalismo y la izquierda abertzale
    – Agotamiento del tiempo del modelo territorial desde la óptica nacionalista. Es decir, el nacionalismo tiene como idea un progresivo avance hacia la soberanía o la independencia. Pasados más de 20 años desde la aprobación del modelo autonómico el nacionalismo obviamente quiere ir un paso más allá.
    – Situación particular en Euskadi con la existencia de ETA y los signos ya evidentes de que muchos en ese entorno querían dejar la violencia.
    – En Cataluña no pasa nada de eso, es más, el PSC está en tendencia ascendente frente a un pujolismo que muere.

    Por este segundo punto algo más tarde, y ya con el tripartito en Cataluña y la presidencia de Zapatero, se pretende dar un cauce nuevo a este impulso de “avanzar” hacia más cotas de autogobierno que ha marcado la hegemonía cultural nacionalista y se intenta el nuevo estatut. Sale adelante con escasos cambios pero, finalmente, el poder judicial (no el político) lo tumba.

    Y ahí es, cuando empieza la crisis y se comienza a ver el agotamiento del régimen de la transición, donde se une ese “agravio” judicial (convertido en íntegramente político) con el agotamiento del régimen del 78 para proponer una ruptura del modelo territorial desde varios sectores catalanes.
    En mi opinión fue absolutamente necesario el agotamiento y fracaso del régimen de la transición para que este rupturismo territorial se volviese hegemónico. Este rupturismo es una salida facilona, un proyecto fantástico que parece resolver los problemas, que tiene toques evidentemente infantilistas y de reacción defensiva reagrupándose en “lo pequeño” y, en mi opinión, sentimentalmente no es muy distinto a cualquier otro movimiento populista de los que aparecen en momentos de crisis en otras latitudes de distintas formas.
    No quiero ignorar un hecho clave: La hegemonía cultural del nacionalismo en Cataluña y, sobre todo, la aceptación de su discurso en el imaginario izquierdista, pero tampoco puedo desarrollarlo ahora.

    Obviamente ahora vemos otro proceso: En España se está planteando un cambio social, algo que debe ser aceptado por la izquierda catalana. Y, en ese contexto, y ante la intuición (yo diría evidencia) de que la independencia de Cataluña es extremadamente complicada por no decir casi imposible, es normal que desde posicionamientos no nacionalistas se sea pragmático.
    Es evidente, como has dicho, que la ciudadanía española no catalana o vasca (que no periférica) está fuertemente en contra de la ruptura del estado y, por tanto, cualquier movimiento que acepte esto probablemente no acabará de dar el salto. Has indicado que Podemos i el propio Iglesias está haciendo pedagogía sobre esto, pero si Podemos se convierte en un movimiento de masas y su funcionamiento continúa siendo democrático y tiene aspiraciones reales de gobernar, este planteamiento será cambiado por uno que mantenga la soberanía en la ciudadanía española sobre la integridad territorial. Si no lo hace, no ganará la mayoría suficiente.
    A nivel español no se va a sufrir este súbito cambio de afecciones nacionales o por la integridad del estado que se ha producido en Cataluña, por la sencilla razón de que un ciudadano de Madrid, Burgos, Oviedo o Sevilla no tiene nada que ganar en la ruptura del país y sí que perder. Por tanto esta mayoría anti secesión se va a mantener por lo menos una o dos generaciones. Y esto condicionará el discurso futuro de cualquier izquierda rupturista en este aspecto.

    ¿Qué es normal que haga un izquierdista catalán? Asumir la realidad y darse cuenta que la tensión territorial lo único que hace es debilitar a los que desean el mismo cambio social que ellos. Mantenerse en un maximalismo de cambio social y también soberanía sin rechazar nada no va a ser posible y va a haber que priorizar. Si se es izquierdista (o más izquierdista que nacionalista) se acabará por ser pragmático y, como mucho, buscar una fórmula intermedia para salvar la cara.

    Saludos,

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