Regenerar el caciquismo

El Partit dels Socialistes vivió ayer una de esas jornadas que marcan. Habían puesto muchos huevos en la cesta de las primarias abiertas, vendidas a bombo y platillo como si de un acontecimiento planetario –por utilizar las palabras de otra insigne socialista– se tratase. El partido está en horas peores que bajas, por mucho que Collboni asegure que “el PSC es mucho PSC” y la dirección haya decidido ponerse una venda en los ojos. El mucho PSC, no es ningún secreto, tiene unas estructuras viejas, desgastadas y roídas, y una masa de fieles que mengua por días cansada de sufrir mamoneos varios y de perder absurdas batallas internas. Y tiene también una avanzadilla de gente que, cargada de buenas intenciones tan vacías como sus propuestas, desea “regenerar la política” a base de medidas estéticas, bien sean abrazos bien unas primarias abiertas en las que no vota nadie que no esté dentro del área de seguridad del partido, porque total para qué.

Todo esto se pudo ver ayer en las primarias abiertas del PSC de Barcelona. Pero no solo eso. El asunto de las asociaciones de pakistaníes que repartieron votos a la puerta del colegio electoral visibilizó una red clientelar que lejos de estar hecha ad hoc para el evento es la forma habitual con la que se toman decisiones en tantos partidos. Viejas compraventas cuya moneda es la influencia, engrasadas a la fuerza de los años mantenidas gracias al interés de sus beneficiarios y a la doctrina de los hechos consumados. Caciquismo de toda la vida, implantado desde el corazón hasta las periferias y adaptado para su consumo rápido. Una llamada y todo el mundo sabe lo que tiene que hacer. Es más, ni siquiera hace falta que el interesado accione los resortes del tinglado: cuando se haga con el control de la parcela en disputa todos los conseguidores despacharán con el feliz agraciado enseñando la hoja de servicios y cobrándose las facturas atrasadas.

Que fueran asociaciones pakistaníes o gracienses quienes asomaron ayer la patita poco importa. O mucho. Porque solo gracias a que los líderes de la comunidad pakistaní fueron tan ingenuos como para repartir papeletas en medio de la calle pudimos observar en funcionamiento el cacao de una organización política que en un intento vacuo de airearse acabó enseñando las vergüenzas.

¿Que por qué los partidos han comenzado a hablar de abrirse a la sociedad –una sociedad que, por cierto, cada vez muestra menos interés en ellos se abran lo que se abran–? Por causa estética, sí, pero también porque el hedor de sus cloacas es tan insoportable que ni las propias cúspides lo aguantan. A ningún aseado líder actual le gusta tener que hacer malabarismos con una incómoda madeja de intereses de viejos dinosaurios que ni siquiera sirven para nada. Los 200 o 300 votos que a lo sumo pudieron sacar ayer cualquiera de los candidatos gracias a las feas artes del voto cautivo ni siquiera cambian sustancialmente los resultados de las primarias y, por el contrario, pueden hacerle un daño irreparable a su imagen. ¿Por qué se hace, entonces? Porque es lo que siempre se ha hecho. Porque ya venía en el manual de la casa antes de que ninguno de los aspirantes de ayer tuviera edad para afiliarse a la agrupación de su distrito.

Tantos votos puedes mover entre tu gente, tanto pesas en el backstage de la organización. En este caso, el backstage de una organización inútil, en parálisis y a punto de ser desmantelada por su propia irrelevancia. Porque si otra cosa demostraron ayer las elecciones primarias del PSC fue que los viejos conseguidores de la formación con más arraigo en Barcelona no consiguen ya mover nada. 7.400 votos es una cifra de ridículo mayúsculo habida cuenta de que en las preinscripciones había 21.000 nombres y que la mitad de los simpatizantes y afiliados que votaron en las anteriores primarias de la capital no hicieron acto de presencia en estas. Un pan como unas tortas.

La regeneración de la política era esto. Viejos partidos haciendo vieja política, pero, eso sí, a la vista de todos. Una política-realidad porno que muestra en directo las miserias de los órganos establecidos para canalizar la participación política, cimiento de régimen y ejecutores de las decisiones dictadas desde sabe Dios dónde. Pero, reconozcámoslo, esto no está tan mal. Sigue siendo la misma mierda de siempre, sí, pero al menos, ahora que se pudre bajo la soleada intemperie, comienza a ser divertido.

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3 comentarios

  1. lladres de la democràcia · · Responder

    … i que 5.000 votants no eren del partit… inclús uns quants no sabien parlar ni castellà ni català. Portaven un sobre amb la foto del collboni i dins un euro.

  2. […] Regenerar el caciquismo […]

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