España será lo que quieran los navarros. Radiografía de un #Marzazo

¡Qué magnífica Navarra! Con sus paisajes, sus selvas y sus desiertos, y sus gentes, catetas y afrancesadas y burguesitas y emigrantes, y con sus leyes viejas como los viejos reinos, y con sus élites pétreas como sus templos octogonales del siglo XII. Con sus curiosidades diferenciales, sus republicanos católicos en las cunetas, su Opus reinante y gobernante, su abertzalismo con acento de la Ribera y su españolismo de apellido éuscaro. ¡Qué agradable estampa! ¡Qué rocambolescas particularidades regionales! ¡Qué interesantísima miniatura de crisol de culturas de andar por España!

Y qué gran laboratorio de todo el desecho contante y sonante que un régimen puede producir. Porque en Navarra como en ningún otro lugar se dan todos los problemas del sistema político español, pero en pequeñito, como un esquema que permite entender un asunto complejo de un vistazo. Por eso, ver qué narices pasa con Navarra es ver buena parte de lo que pasa con un régimen que se desmorona en directo desde Madrid y para todo el territorio peninsular.

No es solo porque Navarra sea una cuestión de Estado, que lo es. Es precisamente porque en Navarra se constata estos días que a los partidos, llegados a este punto, les importa un pimiento el Estado si lo que está en juego es su propia cabeza. El instinto de conservación de las élites políticas está por encima de cualquier manoseado interés, como la unidad de la patria, la estabilidad institucional o los consensos cocinados a puerta cerrada.

Más de la mitad del Parlamento ha manifestado que la Presidenta debe marcharse. Lo que en cualquier otro lugar hubiera significado una moción rápida e indolora se ha convertido en una comedia absurda en Navarra. Bildu sigue estando fuera de los límites aceptables del imaginario político español y, por tanto, hay un cordón sanitario en torno a ellos que impide que sea interlocutor ni por un instante. Es preferible sostener con mala cara a un Gobierno abiertamente corrupto que dejarle entrar a la timba a un partido que pone en cuestión al que reparte las cartas. Es el bipartidismo en acción: el horror a los pactos que no convergen en el centro, el triunfo de las dos dimensiones y el respeto institucional como excusa del insulto a los ciudadanos.

Rubalcaba ha decidido seguir amarrado a una tabla salvavidas, aunque eso sea sacrificar el PSN, a Navarra, al Estado, o a lo que haga falta. Ni siquiera han tenido agallas para trazar una estrategia malévola y pintarse como los salvadores forales. Nada. Los experimentos con gaseosa. Está en juego ni más ni menos que el PSOE, la espina dorsal del régimen español, el mojón que indica el centro de un espacio político dibujado por ellos mismos a su alrededor en la Transición. Cualquier cosa antes de soltar esa bandera, incluso morir, porque soltar esa bandera, ganada por cuestionables méritos en la Transición, es morir.

La situación descrita para Navarra, en una escala 1:100, está reproduciéndose en todo el Estado. El fin de ciclo político se ceba con el régimen en el estómago PSOE, que es el partido que más y mejores puñaladas pilla de todos lados. Gracias al pacto López-Basagoiti, el PSE está perdido en combate. El PSC tocado de muerte y repartido en tantos trozos como exvotantes, que llegan hasta el medio millón. Sin levantar cabeza en Galicia, en Valencia, en Madrid. Con Andalucía como último bastión de barro que se hunde económicamente.

Pero, ay, ¡cuánto preciosismo en la estampa navarra! Tenía que ser aquí donde se viera con toda su crudeza la falta de escrúpulos de los guardianes de la llave del sistema patrio. Y es que, en realidad, solo podían tropezar aquí. La Comunidad Foral es la pieza que nunca acabó de encajar en el diseño político, institucional ni territorial. Demasiado española para dejársela al PNV, demasiado vasca para ser comprendida por el PP y el PSOE. Demasiado terca, compleja y orgullosa de sí misma. Un verdadero punto débil para la muralla constitucional.

Cuando caiga, la hostia se oirá de lejos. Porque en Navarra se abre la puerta del fin de todo, el sistema de partidos, la articulación territorial, el pacto constitucional, las prebendas políticas, el sistema de cuotas partidistas… Tras Navarra el abismo, y en manos de los pintorescos ciudadanos navarros el futuro de un senil Estado al completo.

No me digan que no es magnífico ese curiosísimo trozo de tierra y las extrañas gentes que lo habitan.

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One comment

  1. miguel eraso · · Responder

    Este texto me aterra y me da placer al mismo tiempo. Porque creo que tiene razón.
    Afianza la teoría de que lo que está bien de fondo está bien de forma. Un placer leerlo.

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