Por qué deberías ir corriendo a ver Asier ETA Biok

Hablar de ETA en público nunca es fácil. Yo mismo me he visto cuestionado por algunas cosas que he escrito aquí, esto es, hablar de ETA abiertamente y no siempre desde el punto de vista mayoritario entre mis lectores. Son gajes. Por eso cuando alguien como Aitor y Amaia Merino eligen el tema que han elegido y se ponen a hacer lo que han hecho, tengo curiosidad. Porque, o son masocas, o creen que pueden hacer algo que de verdad merezca la pena.

El miércoles fui al preestreno de Asier ETA Biok. Lo que vi me dejo realmente impresionado. La película sobrepasa con creces lo que espero de una cinta cuya temática es ETA. Es cierto que Merino tenía la materia prima perfecta para hacer una peli de este tipo: su amigo fue de ETA. Pero es que hay mucho más.

Qué difícil es explicar. Lo he hablado con muchos amigos. Hay una generación entera que salimos de Euskal Herria y nos integramos en otros lugares de España a la que nos es casi imposible explicar. Hay un muro. Un muro artificial, mediático, cultural, educacional, en parte absurdo pero, ¿por qué no decirlo?, también lógico en una sociedad -la española- harta del terrorismo. Harta de que unos tipos que viven en el norte y luchan por algo incomprensible bajen y pongan coches-bomba en su ciudad. Los que nos hemos enfrentado a ese muro sabemos que es infranqueable, que cuando parece que has llegado arriba del todo y que casi se puede ver el otro lado, algo hace que el interlocutor se baje porque de pronto demasiadas cosas cortocircuitan en su cabeza.

Por eso la premisa de Asier ETA Biok no podría ser más interesante. “¿Cómo explicar a mis amigos de Madrid que soy amigo de un etarra?”. Voy a desvelar ahora un spoiler: la película termina y a mi no me queda claro. Solo se me ocurre mandar a ver la peli.

Porque lo que Aitor y Amaia sí explican es quien es el etarra, lo cual hace entender más rápido que con mil absurdas teorizaciones. Y Asier es… un humano. Un humano normal, con el cual ni siquiera acabas de empatizar. Como con la mayoría de humanos de carne y hueso que están fuera de las pantallas. Lo que Asier ETA Biok consigue con una maestría insuperable es que un secador te parezca más una pistola que una pistola misma. A partir de que entiendes que estás entrando en un terreno en el que nada es solo lo que parece, la película empieza a plantear interrogantes.

Aitor y Amaia Merino han logrado explicar un conflicto político a través de una relación personal que encima -¡bien!- no es un amor romántico. El contrapunto perfecto de Asier es su amigo Aitor, y Aitor es tan importante o más que Asier en la cinta.

A Aitor, no puede negarlo, le encanta Madrid. ¿Cómo no si es la ciudad en la que no le miraban raro cuando iba vestido de post-punk tras salir corriendo de la vieja Iruña? Y le encantan sus amigos de Madrid. Si has salido de tu pueblo y has hecho una vida fuera no te costará imaginar qué es eso. Pero también le encanta Asier. Su militancia política, su manera de mostrar el afecto, sus ganas de cambiar el mundo en el que vive, su generosidad desinteresada por sus ideales. ¿Un fanático? Puede. ¿Un revolucionario? También puede. Donde la película acierta de pleno es al renunciar a comprender a Asier con parámetros políticos, al tiempo que huye de mostrarlo como a un personaje idílico, víctima de alguna suerte de malentendido o como un atormentado arrepentido que implora perdón. Nada de eso. Asier es un tipo que sabe lo que hace, orgulloso, que no esconde su pertenencia y que es consecuente con sus actos. Si esperan atajos, no los van a encontrar.

Verán, cuando yo era niño conocía a ETA. De la tele, de que siempre iban con boinas y pañuelos blancos. ETA era entonces el enemigo público número uno. Lo malo y lo peor. Los derechos y leyes que todos nos habíamos dado estaban siendo puestos en grave peligro por ETA. ETA era un peligro social. ETA era cobarde. ETA mataba a nuestros representantes, a los que nos protegían y a los ciudadanos comprometidos con la libertad. ETA luchaba por una quimera. ETA era xenofobia nacionalista. ETA secuestraba, extorsionaba y asesinaba por la espalda. Pero toda aquella construcción del mal inhumano encarnado en el terrorista se me desmontó llegada la adolescencia con el primer conocido que fue detenido como etarra.

Esto es algo que nos ha pasado a menudo a los oriundos, planteando algunas de las preguntas claves que han conformado nuestra percepción del “mundo ETA”, alejada del mensaje convencional del telediario y las frases hechas. Aitor lo ha vivido. Pero los amigos madrileños de Aitor se han quedado solo con la primera parte. Como nos hubiéramos quedado cualquiera, claro. Con la realidad construida entre blancos y negros en la que la mínima fisura a esa tesis oficial es un heterodoxia que sitúa del lado de los malos. Eso en el mejor de los casos. En el peor, nunca se han tenido que cuestionar ni una sola palabra del relato sobre algo tan lejano y tan feo como es un conflicto político armado.

Aitor comprende a sus amigos madrileños, pero también sabe que no hace falta tener cuernos y rabo para ser de ETA. Y en su deseo de reconciliar ambas esferas nos compromete a todos los que andábamos husmeando incautos detrás de la pantalla. Para ello necesita hacer que, en la piel de sus amigos, los espectadores decidamos saltar el muro de la incomprensión a la vez.

La noticia es que Aitor y Amaia tienen escaleras para todos. Asier ETA Biok es uno de los pocos productos culturales que he visto que verdaderamente hacen saltar el muro. Y lo hacen a través de la desnudez más absoluta que permite pasear entre la intimidad de una cena familiar o en la populosidad de un ongietorri. En los reproches que solo se hacen los que se quieren y en los gestos que solo te hacen los que te quieren. Entrando hasta el tuétano en algo tan humano como la amistad, para acabar dando con explicaciones de algo tan humano como la guerra.

Para mi, simplemente magnífica. Deberías salir corriendo a verla porque si de esta no saltas el muro, no lo saltarás nunca.

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