El PP da por agotados los réditos de una ETA zombi y prepara su fin: una derrota policial

Es curioso cómo las cortinas de la opinión publicada van cayendo paulatinamente y a la misma velocidad que se desintegran los regímenes y los proyectos país vinculadas a ellos. Cuando hace 15 años un minúsculo grupo de no alineados opinaban que ETA daba unos enormes réditos políticos al gobierno central, eran rápidamente censurados tanto por los partidarios del Estado -que se mostraban ofendidos por menospreciar su dolor de víctimas- como por la mayoría de abertzales -que se mostraban ofendidos por insinuar que ETA justificaba las tropelías del Estado-.

Cinco años después, es decir hace unos 10 años, cuando la izquierda abertzale política comienza a interiorizar el fin de la lucha armada, la idea de que ETA es una fuente inagotable de legitimidad para el Estado comienza a ser vista como un buen argumento, mientras que entre los antiguos defensores del Estado empieza a ser plausible, sobre todo a raíz del 11-S pero de una forma especial por ser muy burda en el 11-M, que los Estados y sobre todo los partidos pueden, saben y de hecho hacen una capitalización espectacular de los fenómenos terroristas como herramientas de cohesión y de legitimación de sus políticas.

Zapatero intentó, con mejor voluntad que tino, capitalizar el fin de ETA vehiculado mediante una negociación. Era el esquema clásico del fin del terrorismo: así había ocurrido en Irlanda hacia solo una década dando resultados excelentes. Cuando esa estrategia fracasa estrepitosamente, entre otras razones por la debilidad del gobierno ante los resortes del Estado, Zapatero, ya en su segunda legislatura, expulsa de la agenda el tema ETA, al que solo recurre para dar un escarmiento a los que consideraba que se la habían jugado y para desviar la atención con medidos golpes de efecto. Pero ETA deja de ser un tema preferido para Zapatero porque sabía que cada vez que aludía a ETA aludía a una derrota propia y en ese terreno el PP le ganaba la partida.

En Rajoy encontramos precisamente el tipo de político que sabe medir al milímetro cómo rentabilizar los asuntos de seguridad y terrorismo. Son un amuleto irrenunciable para él. Con la salvedad de que cuando llegó al Gobierno no podían ser un tema central, escenario que hubiera sido la legislatura perfecta para un presidente tan vieja escuela como Rajoy.

Pero Rajoy, pese al pequeño contratiempo de tener que hablar todo el rato de economía, estaba dispuesto a sacarle todo el jugo posible a ETA. Primero, utilizando su medida estrella: no hacer nada. Es una estrategia más inteligente de lo que los contrarios del gallego suelen dar a entender, normalmente emitiendo críticas fáciles y de fondo condescendiente. La estrategia de no hacer nada servía para blindarse ante el lado más radical de su electorado, para ganar tiempo y para desesperar a una ETA rendida ante los suyos y que necesitaba un fin lo más digno, rápido y aséptico posible.

Si algo tiene claro Moncloa es que no van a dejar que ETA ejecute su propia eutanasia. Así debe entenderse el bloqueo y las constantes negativas a ser receptores de armas o verificar un desarme organizado, como se ha conocido hasta ahora. Unas posturas que algunas veces parecían ir contra su propio interés político, ya que dejaba que otros (sobre todo el abertzalismo institucional) le arrebatasen los posibles méritos de la paz. Pero en realidad eso no era en absoluto un problema: Euskadi la daban por perdida y todo seguía una maquinaria lógica mucho mayor.

Hace un año, la última cortina en la opinión pública había caído. Ya casi todo el mundo, en prensa y tertulias, reconocía abiertamente que Rajoy trataba de capitalizar a ETA, bien dejándola ahogarse en su propio jugo, bien manteniéndola viva para poder ir asestándole golpes certeros en puntos estratégicos del calendario político, ora un fracaso en Europa, ora un mal dato del paro. Y tenían razón. Pero ahora, y podríamos marcar como punto de inflexión la inverosimil operación de Herrira, el escenario está cambiando radicalmente. A partir de este momento el Gobierno da por amortizados los réditos de tener a ETA como un muerto viviente y piensa desenchufar la máquina de respiración asistida.

Rajoy quiere escenificar el fin de ETA a su manera. Y su manera es la escenificación de una derrota policial. Es lo que han estado ensayando 40 años, es lo quieren los suyos y es la pizca de épica benemérita que le falta a su legislatura. Old style. Con detenidos en cascada, hallazgo de armamento, desmantelamiento de la cúpula y juicios mediáticos… Un Thierry gritando “Gora ETA” mientras es detenido sería perfecto. Un Txeroki pidiendo perdón en un juzgado de París, ya menos. Se busca una construcción mediática del villano caído, al más puro estilo Bin Laden, al que sacan de su escondite agarrado por las barbas. Las detenciones de esta última semana comienzan a apuntar hacia eso, vendidas como la desarticulación de una estructura colindante al corazón del aparato y con Zulueta en el papel de mano derecha del jefe de los malos. Una historia así sería la guinda en el pastel de recuperación económica que infla como gran aliciente para la segunda mitad del gobierno.

Solo hay un problema. ETA necesita un final político por diversas razones, la más importante que en Euskadi hay un consenso sobre ello que reclama soluciones. Pero también porque ya no hay una organización armada estructurada y clandestina que hacer caer. Con estos dos ingredientes, si se contempla la posibilidad de que en el intento de mediatizar una derrota al uso se vuelvan a las tropelías de siempre en materia política y represiva, es muy probable que la sociedad vasca no tolere una anormalidad más y termine en una situación de afrenta democrática directa al Estado. Con lo que Rajoy habría cambiado un juego de niños por un berenjenal similar al catalán.

Pero, claro, para cuando eso ocurriera ya habrían pasado las elecciones y todo habría vuelto a empezar de cero.

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