Las tres preguntas de Artur Mas

Ayer era un día importante en el Parlament. Con los ecos de la Diada aún resonando en el panorama político, se abría oficiosamente un curso que marcará el futuro catalán como ninguno antes.  A nadie se le escapaba que el debate de política general versaría sobre el derecho a decidir, aunque la expectación estaba puesta en si el President deslizaría algún nuevo detalle sobre la fecha o la forma de la consulta. Los convergentes se han comprometido a ponerle fecha a la consulta en lo que queda de 2013, aunque como me decía hace pocos días un periodista que conoce bien los entresijos del Govern, “yo no lo creeré hasta que lo vea”. Otro de los puntos morbosos de la sesión era cómo quedarían las relaciones entre los socios de gobierno (que, para los despistados, son Convergència y Unió, no CDC y ERC), relaciones cada vez más deterioradas según avanza el proceso soberanista.

bandera

Durán había propuesto un día antes una “tercera vía”, una formula de entendimiento con el Estado Español mediante relaciones bilaterales que puede recordar algo al Plan Ibarretxe. Además,  el democristiano se había decantado por una consulta que contemplara varias preguntas. Pues bien, lo primero que hizo el President de la Generalitat al subirse al estrado fue descartar la opción de la tercera vía. “La tercera vía es lo que hemos intentando hasta ahora y nunca ha funcionado”, aseguro Mas, dando un mandoble de entrada al diputado en las cortes españolas.

La ceremonia del adulterio se formalizó cuando el líder de ERC repitió punto por punto los argumentos de Mas, aunque el consentidor Duran i Lleida asegurara en declaraciones a los medios desde el Parlamento español no sentirse aludido.

Es cierto que la “tercera vía” tiene pocas opciones de éxito sin la negociación con el gobierno de Rajoy, que difícilmente aceptará una consulta que contente al sector independentista que ahora lideran mano a mano los republicanos y los convergentes. Pero no es menos cierto que, si tal como plantea Mas solo realizará la consulta desde la legalidad, la única salida viable es pactar un modelo de relaciones bilaterales. Tenía razón Duran cuando aseguró, en declaraciones a RAC1, que rechazar el dialogo por parte del ejecutivo español aboca a la Generalitat a una declaración unilateral.

Si bien el President dio una de cal a su socio, poco tardó en llegar la de arena. En un momento de la réplica a Navarro, Mas dejó caer: “La única salida es la consulta. Unos votarán quedarse como estamos, otros más autogobierno y otros independencia”. Esta fórmula, la de una consulta con varias respuestas, es exactamente lo que estaba pidiendo Duran. Es verdad que pudo tratarse de una frase retórica haciendo hincapié en que lo importante es que los catalanes se pronuncien sobre sus preferencias, pero no es menos cierto que una consulta con tres preguntas sería una salida digna que evitaría el gatillazo de las elecciones plebiscitarias que Mas propone como alternativa a la consulta ilegal.

Este nuevo escenario de consulta con varias respuestas es una fórmula ganadora para las posiciones más clásicas de CiU, de más autogobierno, pero dentro de España. No hay mayorías claras en la dualidad dependencia/independencia, pero lo que sí está más claro en todas las encuestas es el deseo de más autogobierno. En una hipotética consulta, esa tercera opción partiría como favorita y podría ser aceptada por el gobierno español.

El día anterior, lunes, tras la rueda de prensa del portavoz del grupo parlamentario de CiU, Jordi Turull, se formó un corrillo entre los periodistas y el diputado en el que se habló de la posibilidad de una consulta multirrespuesta. “Eso no es un referéndum, eso es una encuesta”, le inquirió uno de los periodistas, a lo que Turull asintió en señal de aprobación. Un importante sector de los convergentes sabe que esta opción no es lo que han estado vendiendo durante casi dos años, con elecciones vendidas como plebiscitarias por en medio, aunque también son conscientes de que, negándose en redondo a la consulta ilegal, están entre la espada y la pared y necesitan una salida digna. Y la opción multirrespuesta es quizá la salida más digna al embrollo que la marea soberanista les ha obligado a cabalgar.

Sin embargo, la opción de más autogobierno para Catalunya, que podría transformarse en una sosa reforma estatutaria, dejaría con un palmo de narices al entusiasmado sector independentista, que no para de crecer. Si después de recorrer un camino tan largo todo se resuelve mediante una reforma estatutaria, es predecible que importantes sectores no solo de Catalunya sino del propio partido en el gobierno queden descontentos. Y una fórmula que deje descontento a un porcentaje tan elevado de ciudadanos no solventaría definitivamente el estatus nacional catalán, que podría volver a explotar ante un nuevo desagravio del Estado.

Quien mejor mostró esa posición fue el diputado de CUP, David Fernàndez: “¿Negociar, con quién? ¿Con el PP de Bárcenas”, se preguntó Fernàndez, que recordaba la época de los pactos del Estatut y de la Transición, “un pacto entre élites” en palabras del portavoz. “¿Qué ha cambiado? -volvía a preguntarse- ¿Qué garantías tenemos de que no saldrá una nueva cultura de la transición?”. Y apostillaba: “Este proceso lo ha hecho la gente y lo materializará la gente”. Parece claro que un pacto entre las élites que se resuelva con más autogobierno no es exactamente lo que está tratando de materializar la gente.

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