El derecho a decidirlo todo y las nuevas opciones políticas

castell

La resaca de la Diada ha vuelto a situar en el centro del debate político el derecho de los catalanes a decidir sobre el estatus político de su país. De uno y otro lado los argumentos son casi invariables a los que se venían dando la pasada Diada y anteriormente.  No hay, por tanto, cambio aparente desde las posiciones de la política tradicional.  Lo que sí me resulta reseñable, por chocante, es la desorientación en buena parte de los nuevos movimientos políticos de ámbito estatal, que no entienden muy bien cómo posicionarse ante el reto político catalán desde posturas rupturistas que no tienen la soberanía nacional como base de sus reclamaciones.

Parémonos un momento a observar estos movimientos. Muchas están siendo las propuestas políticas de cambio que han nacido en el último año, al calor de un momento en el que la política institucional no ofrece casi ninguna propuesta. Podemos hablar aquí de Confluencia, Partido X, el Frente Cívico de Anguita, la Convocatoria Cívica de Garzón y Mayor Zaragoza, el catalán Procés Constituent… solo por citar unos cuantos.  Mientras una enorme amalgama de grupos nuevos tratan de irrumpir en la agenda política con diferentes planteamientos, partidos asentados dentro de las instituciones ofrecen también propuestas pretendidamente rupturistas y renovadoras, como el bloque de izquierdas que IU está apuntando. Todo para conseguir ocupar el hueco del espacio electoral, abierto en parte por el 15M y su universo, que están dejando las opciones más tradicionales. Sus claves giran, resumiéndolo mucho, en torno a la democratización de las instituciones, la lucha contra la corrupción, las mejoras económicas y sociales, la construcción de alternativas políticas de base y el proceso constituyente. En general, puede decirse que el mínimo común denominador de todas estas propuestas es un anhelo compartido por ser agente activo en la toma de decisión políticas.

Y es aquí donde sus reclamas entroncan radicalmente con la cuestión catalana. Tanto los ciudadanos españoles como los catalanes (una parte importante de ellos al menos) están reclamando derecho a decidir. A decidirlo todo. Y esa reclamación abarca desde la política económica hasta el estatus político de sus países. Nos encontramos sin duda ante una reclamación de soberanía, en múltiples facetas del término.

La cada vez menos sutil quiebra del sistema de partidos es muy propicia para la aparición de una alternativa política fuerte electoralmente. Pasó en Grecia con Syriza y en Italia con 5 Stelle, y muchos análisis electorales hacen pensar que podría pasar en España. Pero ocurre que, en un país con varias tensiones de muy diversa índole pero de similar importancia, las propuestas políticas que pretenden ser un factor de cambio a menudo solo atacan alguna de estas tensiones.

Si están dispuestos a jugar este partido hasta las últimas consecuencias, y esto solo puede ser situarse como alternativa preferida y dar al menos un “susto” electoral, estos grupos deben dar una respuesta integral al conjunto de grandes asuntos que están dilucidándose hoy y en el futuro. Por un lado, la crisis económicosocial. Por otro, la crisis de Estado. Estas dos demandas, supuestamente no relacionadas, lo están más de lo aparente. Ambas pueden englobarse en algo mayor: la ruptura democrática por la conquista de las soberanías.

El mayor reto de la ruptura democrática es cómo encauzar la toma de decisiones que los ciudadanos demandan. Una soberanía ilimitada, que se niega a ir detrás de las propuestas políticas partidistas y que quiere abrir espacios por sí misma. La sociedad civil quiere liderar esta ruptura democrática y ser parte activa en la toma de decisiones. Decisiones que, si no cambian mucho las cosas, deberán versar sobre estos tres asuntos:

Crisis económica

No voy a inundar con datos a quien está cansado de leer el desastre social en el que está inmersa la sociedad española. Con los índices de paro disparados, la pobreza abriéndose paso entre la otrora confiada clase media y solo miseria que gestionar por parte de las administraciones, es obvio que hay una si no un par de generaciones para las cuales no hay un futuro optimista. Así lo siente mayoritariamente una enorme franja de edad comprendida entre los 30 años y el punto de la adolescencia donde se alcanza la capacidad para comprender el mundo en el que se vive.

La respuesta que mucha de esa gente está esperando no es despreocupada y naif. El reto es conseguir en la necesidad lo que no conseguimos en la abundancia, esto es, redistribución de beneficios o, en este caso, más bien de consecuencias. Los ciudadanos no están pidiendo recetas mágicas, sólo poder suficiente para decidir cómo parar el golpe por sí mismos.

Así, las propuestas en una dirección social y económica concreta no bastan. Sí o no al euro, sí o no a la UE, sí o no al pago de la deuda, qué tipo de política fiscal, qué tipo de política laboral o cómo gestionar el sector público son solo algunas de las decisiones que parecen muy importantes, y que desde luego lo son, pero que no van a la raíz del problema: ¿Quién toma estas decisiones y con base en qué?

Ruptura estatal

El Estado Español atraviesa una crisis territorial sin precedentes. En Catalunya los vientos soplan favorables a la autodeterminación, y cabría no olvidar que en Euskadi una coalición soberanista está consolidada como segunda formación en peso electoral, mientras que el gobierno vasco comienza a agitar tímidamente la bandera del autogobierno. Todos los grupos políticos, quizás menos el PP, apuestan por drásticas reformas territoriales. Ya sea la devolución de competencias que plantea UPyD, el federalismo de fuá del PSOE o el independentismo oportunista de Convergencia, no hay partido que renuncie a presentar su modelo alternativo en las horas más bajas del Estado de las Autonomías.

Y esto es, por mucho que algunos quieran cerrar los ojos, un gran asunto. De hecho la configuración territorial es la espina dorsal de cualquier estado. Pero desde la política institucional solo se ofrecen respuestas simples que no solucionan el interrogante que el fenómeno plantea. La realidad en Catalunya es clara: hay más gente que desea ser preguntada que independentistas. De nuevo, la gente deseando tomar las riendas y decidir cómo organizarse.

La política institucional (he aquí una dolorosa lección para los recién llegados) se basa tomar decisiones incómodas. Es probable que exista un punto de entendimiento en el que la mayoría pueda estar contenta con un nuevo modelo de Estado, pero no una que ponga de acuerdo a todas las partes. Ninguna opción política va a traer una fórmula perfecta que acabe con problemas tan viejos. Ni un modelo de Estado nuevo, ni un proceso constituyente, ni un encaje plurinacional va a funcionar si se hace desde la élite y si no cuenta con la participación no solo de las mayorías ciudadanas, sino de las minorías disueltas entre las casi 50 millones de almas que componen el Estado Español.

Ruptura del régimen del 78 y revolución democrática

Ambas facetas anteriores tienen como telón de fondo el desmoronamiento del régimen del 78. Pero no solo esto. Se trata también de un fenómeno que trasciende fronteras españolas. El asunto de la soberanía es un debate que toma fuerza en una Europa de soberanías cedidas por abajo (descentralización estatal), por arriba (organismos supranacionales) y por el medio (corporaciones y empresas). Los regímenes liberales posteriores a la segunda guerra mundial en Europa y otros lugares están comenzando a adolecer del respaldo de sus representados, aunque sobre todo, cabe no olvidar este importante factor, en aquellos lugares donde la crisis está siendo más destructiva. El cambio de ciclo político va mucho más allá del régimen español, atañe a muchas de las democracias occidentales de la órbita europea, como hace una década ocurrieron en cascada las revoluciones sudamericanas, pero no deberíamos caer en el error de pensar que es un fenómeno sistémico. El sistema político, la democracia liberal, aguanta. No hay más que ver los resultados de las elecciones alemanas. Son los regímenes como el español los que se desmoronan.

En estas, a medio plazo será necesario un proceso constituyente o, al menos, una reforma en profundidad del régimen actual. Pero éste no será solución por sí mismo a todos los grandes asuntos políticos que hoy se discuten, más bien al contrario, allí volverán a salir las mismas reclamaciones ciudadanas para protagonizar esta nueva etapa. La configuración de un proceso, ya sea constituyente o de reforma, que garantice la incorporación de los ciudadanos a la toma de decisiones, más allá del voto de una cámara constituyente o fórmulas similares, es tan difícil como necesario. Una de las dificultades estriba en que no hay demasiados ejemplos en los que reflejarse. Pero es obligatorio que una opción que aspire al cambio político tenga esto en mente.

Del convencimiento de que pueden hacerse mejor las cosas están hechas las mayorías sociales, y no de otra cosa. La capacidad de entender estos tres ámbitos de la reclamación de soberanía y de darle respuestas certeras hará, bien que tengamos una opción rupturista con posibilidades de gobernar, o bien que tengamos una alta abstención, siempre insípida pero casi siempre más agradecida, que vuelva a darle el gobierno a quienes lo han ostentado durante 3 décadas.

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