Los mitos de la regeneración democrática

En el actual clima de crísis política en el que la confianza ciudadana en los partidos tradicionales está en mínimos, pocas formaciones se salvan de apuntarse a ambiguas reformas sistémicas para tratar de dar respuesta a las demandas de la calle. Diversos grupos y personalidades se han apresurado a liderar una supuesta regeneración democrática, una idea comprada con entusiasmo por partidos desde PP a IU, pasando por PSOE o UPyD. De momento de contenido bastante poco concreto y, cada uno, poniendo el acento en aquellos asuntos que más podrían fidelizar a su electorado, todos tienen incentivos para hablar de regeneración, pero no tantos para entrar realmente en reformas de gran calado..

Entre las ideas de regeneración democrática hay ideas muy diversas, pero algunas de ellas se repiten con fuerza y se están instalando como un ruido de fondo importante, en parte solo porque muchas de ellas suenan bien. Estas ideas de regeneración, lanzadas muy alegremente por el entorno de los partidos, sirven por un lado para presentarse como medicina infalible contra los problemas políticos y, por otro, para no meter mano en asuntos más medulares del actual sistema. Repasemos algunas de las medidas que más se están repitiendo y calando en la opinión pública pese a que tienen más de ideas míticas que de soluciones reales.

regeneración

Reforma del sistema electoral

Como ya expliqué en esta comparación de 5 sistemas electorales europeos, España no tiene un sistema electoral necesariamente malo. Ni es exageradamente virtuoso ni peor que cualquier otro: Aúna la representación territorial e ideológica y permite conformar cámaras estables. Desde ese punto de vista, cumple su función. Tiene algunos problemas a la hora de representar opciones políticas minoritarias y, puesto que el Senado está vacío de contenido, tiene problemas para que los territorios tomen decisiones que les afectan, lo que provoca cierta discordancia entre ellos al tomar las decisiones de manera unilateral en las propias CCAA.

Antes de meterse de lleno en una reforma electoral hay que tener en cuenta que las posibilidades de empeorarlo son un peligro real. Cabe tomar el ejemplo de Italia, un país de nuestro entorno próximo que además casualmente celebra sus elecciones hoy, para entender que las reformas electorales no son necesariamente mejoras, y que cuando estiras la proporcionalidad puedes hacer el país ingobernable, provocando que antes o después se tome el atajo del premio a la mayoría.

Por otro lado, se puede configurar un sistema electoral mejor, aunque dudo que uno mucho mejor (ver la comparación entre sistemas del enlace anterior). Es cierto que se podría mejorar el Senado para dotarlo de competencias, racionalizar las circunscripciones y el peso de las mismas en el Congreso, o buscar un sistema tipo alemán para la cámara alta. Se pueden mejorar aspectos, sí, pero teniendo claro que una reforma electoral no es ninguna solución mágica para los problemas políticos.

Primarias en los partidos

A la hora de presentar los problemas de las primarias hay que tener en cuenta dos factores: En primer lugar, la forma de elegir los cuadros dirigentes de los partidos son un asunto interno de los mismos y al final depende de sus miembros cómo se llevan a cabo. En segundo, las primarias no son el método más democrático de elección de élites por sí mismo. Los sistemas de primarias son originarios de EEUU y más propios de sistemas presidencialistas. Sin embargo, en EEUU o Suiza también hay otros sistemas de selección de élites internas, además más tradicionales, como son los caucus. En España también hay partidos asamblearistas, como CUP, o que eligen sus líderes por congresos o federaciones locales, como pueden ser el PNV o el PSOE. Veamos ahora los principales problemas de las primarias:

1- Las primarias se dirigen a los militantes, no a toda la sociedad

Por definición, los militantes de los partidos están mucho más ideologizados que el resto, son más radicales en sus posturas. Un militante del PP, por ejemplo, será posiblemente partidario de seguir financiando a la Iglesia, y esto supondrá que cualquier aspirante que se postule a candidato del PP tendrá que apoyar esto. Sin embargo, si gana las primarias de su partido, tendrá que modificar su discurso para ganar las elecciones generales en la medida en que la propuesta de financiar a la Iglesia sea mal vista por la mayoría de la sociedad, sobre todo por los no votantes del PP a los que se quiere atraer. Del mismo modo, un candidato moderado o que se salga de la línea oficial nunca obtendrá el respaldo del conjunto del partido, por lo que será visto como una opción muy debil.

El ejemplo más claro de esto son las primarias del partido Republicano en las últimas legislaturas, en la que salen designados candidatos muy radicales que luego tienen problemas para ganar entre el resto de votantes. Se da la paradoja de que, si no es lo suficientemente radical, los militantes del Partido Republicano no lo eligen, pero si es tan radical como los votantes republicanos, no gana las elecciones en todo el país.

Este hecho consigue que las primarias sean de facto un modo de salvaguardar la “doctrina del partido” por encima de las peticiones reales de la sociedad, y que a la postre sean una forma de perder elecciones.

2- Las primarias refuerzan la hegemonía de los partidos mayoritarios como órganos de canalización de propuestas políticas

Planteemos una pregunta: ¿Cómo es más fácil ganar unas elecciones, si se presenta un candidato con una marca desconocida o si se presenta un candidato con respaldo de un partido consolidado? En momentos normales, es obvio que tendrá más posibilidades bajo una marca consolidada*. Esto hace que las primarias desincentiven a emprendedores políticos de la idea de formar un nuevo partido y competir contra los demás. Al final, los sistemas de primarias fomentan el bipartidismo porque fragmentan los estamentos de pugna política piramidalmente en cuya cúspide hay unos pocos contendientes, de los partidos mayoritarios.

*Disclaimer: España no vale como ejemplo ahora. En España está habiendo una ruptura del sistema de partidos en la que “los nuevos” tienden a subir y “los viejos” a bajar. Estamos hablando de democracias con sistemas de partidos asentados y España no es una de ellas ahora.

3- Las primarias son la manera en que los partidos revisten de democracia la verticalidad

En las primarias se refrenda a un lider de todo el partido, quien elige a todos los cargos y equipos. Un partido con un sistema interno completamente democrático elegiría a sus líderes de abajo a arriba, pero las primarias se hacen al revés; se elige a la cúpula y esta a todos los cuadros inferiores. Pero los partidos no suelen (ni deben) ser moles estancas sin diferencias. Al contrario, suele haber federaciones, órganos y corrientes, y lo lógico sería que el poder se alcanzara de forma natural en torno a esa composición, y que órganos de democracia directa eligieran cada escalón del poder del partido. Las primarias lo que hacen es deshacer esos contrapesos internos y unificarlos, fortaleciendo la cúpula del partido pero no siempre los intereses de sus militantes concretos.

Conclusión:

No todo son problemas en las primarias. En un sistema totalmente bipartidista tienen su sentido y, en un momento de grandes carencias democráticas, es normal que muchos piensen en ellas como una ventana abierta al aire fresco. También en momentos de inestabilidad de democracias jóvenes tienen su sentido porque fortalecen los partidos, hacen que haya pocos y poderosos.

Sin embargo, las primarias no son más que una forma de selección de élites internas, ni las mejores, ni las más eficaces para ganar elecciones, ni las más democráticas. Las primarias son solo una forma de organización que, aunque da apariencia de cara a la galería, no tienen por qué ir acompañadas de una democratización per se.

Atacar a la figura del Rey y perdonar a la monarquía

Una de las instituciones que está viendo su imagen más desgastada es la Casa Real. Escándalos de corrupción de todo tipo, cacerías y viajes no declarados o la falta de transparencia está haciendo verdadera mella en percepción sobre la jefatura del Estado.

En este contexto, muchos grupos de opinión y políticos están cargando las tintas contra la figura del Rey, pidiendo paso al siguiente en la lista sucesora. El ejemplo más reciente de esto es el reiterado discurso de Pere Navarro, lider del PSC, pidiendo que el Rey abdique en el príncipe Felipe, o ICV, pidiendo lo mismo tras el accidentado viaje a Botswana. ¿Un partido republicando pidiendo un nuevo Rey? En principio es un poco raro.

Este tipo de discursos olvidan (puede que interesadamente) que los problemas con la institución real no están directamente relacionados con el Rey Juan Carlos I sino con la institución de la monarquía en sí. Tanto la corrupción del caso Noós, supuestamente facilitada gracias a las influencias monárquicas, como la opacidad en los gastos de la institución, son posibles por la legislación en la que la monarquía está inscrita, y no se solucionarán con una abdicación y cambio de monarca.

Pedir un nuevo Rey sin cuestionar la institución es no entrar en el fondo de la cuestión que muchos españoles empiezan a preguntarse: ¿En base a qué España tiene una monarquía? ¿Es una institución consolidada y que ha dado los frutos que se esperaban o solo forma parte de  un pacto de la transición ya superado? Una reforma constitucional que no aborde este asunto está abocada al fracaso, pero los partidos, otra vez, tienen pocos incentivos en este asunto porque temen asustar al votante centrista y moderado.

Nuevas viejas caras

Podría parecer paradójico, pero quien con más fuerza está apuntándose a la moda de la llamada regeneración son políticos con años de servicio público y que han acaparado poder en diversos periodos desde el 78. Algunos de los casos más visibles serían los de Rosa Díez, Julio Anguita, Esperanza Aguirre o Felipe González… por no hablar directamente de Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, quienes han ocupado puestos de gobierno en hasta cinco legislaturas en democracia. Estas nuevas viejas caras, que se presentan como líderes carismáticos venidos para salvar la democracia, han tenido poder para implementar muchas de estas mejoras que ahora piden y no lo han hecho.

En esta situación, traer ahora al debate público ideas de regeneración, cuando está el río revuelto, parece más una campaña de lavado de cara que una apuesta sincera por los cambios estructurales que una nueva generación está pidiendo a gritos. Una de las medidas imprescindibles para la regeneración democrática es que estas viejas caras den relevo a nuevas propuestas surgidas de la sociedad civil, justo lo contrario a que los antiguos líderes vuelvan a la primera línea política con un supuesto discurso de regeneración.

Listas abiertas

Este, junto con el de las primarias en los partidos, es otro de los puntos difíciles de defender por lo instaladas que están sus bondades en el imaginario colectivo. Dos de los mejores artículos que he leído referentes a este asunto son El mito de las listas abiertas de Jesús Fernández-Villaverde y Menos listas abiertas de Pablo Simón.

Mientras que los dos artículos anteriores dan multiples y certeros argumentos, yo me voy a centrar en los dos aspectos que me parecen más relevantes a la hora de rechazar a priori las listas abiertas: la desincentivación del voto por falta de información del elector y el riesgo de caciquismo que conllevan las listas abiertas.

La desincentivación del voto vendría motivada por el hecho de que se necesitan unos electores realmente informados sobre los candidatos para que las listas abiertas cumplan su función. Cuando los votantes deben elegir candidatos con nombre y apellido y no solo las listas de un partido, es necesario que el votante conozca a cada uno de los candidatos para elegir bien. En caso de no conocerlos, los votantes elegirán aleatoriamente o, peor aún, evitarán el voto para no confundirse. Un ejemplo en España es el Senado, cámara que se elige por listas abiertas y en las que estas, directamente, no funcionan. Las elecciones al Senado tienen menos participación que el Congreso, cosa que podría deberse a la inutilidad de la cámara. Sin embargo, tampoco los que depositan su voto al Senado suelen utilizar demasiado las posibilidades de las listas abiertas, más bien tienden a marcar los nombres de todos los diputados de una misma formación.

La segunda razón para tratar las listas abiertas como mitos de la regeneración es el riesgo del caciquismo de las mismas. Con este tipo de sistema, los candidatos particulares pueden hacerse campañas a su medida y postularse como mejores que sus oponentes. Así, solo los candidatos con suficiente dinero e influencia para tener fuertes campañas electorales personalistas tendrán garantizado entrar en el Parlamento, bloqueando a nuevas candidatos menos conocidos por el electorado. Todo esto fomenta redes caciquiles no controladas ni por los propios partidos, que serían aún más permeables a candidatos populistas con dinero y ganas de entrar en política. En España de estos conocemos unos cuantos, como Gil o Mario Conde.

Una buena posibilidad intermedia entre las listas cerradas y las abiertas son las listas cerradas pero desbloqueadas. Este tipo de papeletas permiten a los electores elegir las posiciones dentro de una lista de partido, posibilitando que los electores elijan en primer lugar a los candidatos que conozcan y dejando a los demás en la posición en la que los partidos los han colocado.

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