Vuelva usted pasado

Cambié de compañía telefónica. Me hacían una buena oferta en la tarifa y me regalaban un HTC, modelo HD, un móvil al que le tenía ganas. El aparato, en efecto, no me decepcionó. No así la compañía que me cubría, que al cabo de un mes no me había logrado activar el correo electrónico del móvil. “Problemas informáticos”, decían. Que es la forma 2.0 de decir “somos unos incompetentes a los que no les viene mal cobrarle por un servicio que no le prestamos”.

Harto y desesperado opté por entregarles mi vieja Blackberry para que me la liberaran. Sí, ya sé que el terminal no tenía la culpa, pero en estas situaciones la tomas contra el más débil. Además, necesitaba el calor protector de la Storm, que tantas alegrías me había dado, para culminar la excentricidad de tener email en el móvil. Tardaron dos meses en devolvérmela liberada. Y un con un rayote en la pantalla que es inexplicable si el técnico no era Eduardo Manostijeras.

Pedí un presupuesto en una imprenta. No se crean, nada del otro mundo. Encolado, encuadernación rústica, algo menos de 40 páginas en papel de 200 gramos. Un trabajo monográfico sobre Larra. Había llevado mi proyecto en un pendrive que se quedaron, pero no me causo mucho problema porque yo, perro viejo, tenía una copia en el mac de casa.

Al cabo de una semana -de las naturales- me lo enviaron con pompa y circunstancia por email. Unos 30 euros. Me pareció bien. Fui a confirmar el pedido, pero allí me informaron de que el presupuesto estaba mal. “No se quien te lo habrá hecho, pero esto está muy mal, eh”, me dijo la dependienta sin quitar la mirada de la pantalla. “Te va a salir por unos 50”. “Hostia”, pensé yo -lo pensé con h-. “¿Y si le pongo otras 30 páginas más, y ya hago un librito?”. Yo trataba de amortizar la inversión. Tenía material suficiente sobre el autor, y me convendría hacer algo más grande si finalmente se me salía de los 30 euros. “Unos 55, lo caro es poner en marcha las máquinas”. Yo salí corriendo a maquetar el resto de material, hasta completar las 60 páginas que iba a incluir finalmente en el folleto, ya casi libro. Volví, les dejé otro pendrive y me fui satisfecho a casa. Me había gastado una pasta pero por fin había podido meter todo el material del que prescindí al principio.

Más de dos semanas después me vuelven a escribir al mail comunicándome que ya tienen el trabajo hecho, que vaya a recogerlo. Voy a por él y me encuentro encuadernado el primer proyecto, el de 37 páginas. “Uy, nos habremos colao con el pen”.

Se publican en prensa todos los días informes sobre la falta de competitividad de las empresas españolas. Pero no es noticia, es por todos sabido que la calidad de los servicios está por los suelos. No hay mucho más que decir sobre el tema: me pongo noventayochesco cuando pienso en estas cosas, y opino, como Larra, que la pereza española no tiene solución.

¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo y pereza de abrir los ojos para hojear [los pocos folletos] que tengo que darte [ya], te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fué de pereza.

Fragemento de “Vuelva usted mañana”, de Mariano José de Larra, publicado en El pobrecito hablador en 1833

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2 comentarios

  1. Lo leí y le encontré mucho parecido a un artículo publicado por Mario Vargas Llosa, te dejo el link por si le quieres dar una leída.

    http://elcomercio.pe/noticia/417771/arte-mecer-sabroso-articulo-mario-vargas-llosa_1

    1. Un gran artículo, de un gran escritor. Gracias por la aportación!

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