Zapatillas fardonas

Mi hermano de 10 años sabe que las Puma finitas que se llevaban hace sólo un par de años ya no están de moda. Se lo decía a mi madre en la tienda: “Las que molan ahora son los zapatillas tipo botín, sean de la marca que sean”, y metía el pié en unas Nike de colores con cierre de velcro, que le llegaban por encima del tobillo. Al final se compró otras, unas Globe, y me contó que en el colegio habían causado sensación. “Están muy fardonas”, me dijo, y a mí me sorprendió que se siguiera utilizando la palabra fardón.

Todo vuelve, pero mucho más en la moda. Cuando tenía la edad de mi hermano aparecí con unos pantalones pitillos heredados en una clase donde hasta los chicos utilizaban pantalones con campana, y los idiotas de mis compañeros se rieron de mí hasta hartarse. He vuelto a ver a algunos de ellos años después en la universidad y, por supuesto, vestían con pantalones tipo pitillo.

Son comunes los episodios desagradables por causa de la ropa. Mi hermana aún recuerda con horror el día que, celebrando el cumpleaños de una amiga, fue la única de su grupo a la que no dejaron entrar en la discoteca por no llevar tacón. Tuvo que irse a casa. Yo también me acordaba -le supuso un gran disgusto- y ella volvió a contarlo hace pocas semanas en una comida familiar. “Ahora, sin embargo -dijo constatando la paradoja-, me obligan a ir a la oficina con traje de chaqueta, pero sólo se permiten los zapatos planos”.

Yo, en cuestión de calzado, soy un clásico. Llevo comprando modelos similares de zapatillas toda la vida. Adidas o Fred Perry, blancas y negras. Se llevaban cuando era pequeño. Luego fueron una horterada. Pero mi fidelidad a la marca siguió intacta, y por fin tuve la suerte de que los Rum DMC se dejaran ver con unas Adidas idénticas a las mías. Se pusieron de moda otra vez, tanto que mi hermano me aseguró que eran muy fardonas.

Con los sombreros, me pasó algo similar. Me pasé años tratando de convencer a mi abuela de que me daban aspecto de caballero distinguido. Ella mantenía que yo era demasiado bajo para lucirlos. Mi abuela, la mujer que se pasó 15 años de luto, hasta que debió pensar ¡qué coño!, y que desde entonces no la he visto volver a ponerse nada negro, y sí demasiadas transparencias de flores. Cuando los sombreros volvieron con fuerza a los escaparates de Zara, mi abuela me regaló uno muy feo que -lo juro- me hacía parecer un leprechaun.

Es lo propio de la moda: es personal, cambiante, subjetiva y heterogénea. Lo fardón hoy deja de serlo mañana, y lo que es fardón para mi abuela es feo para mi hermano. Por eso es tan poco adecuado volverse loco con el velo musulmán. Porque es una cuestión de moda. Si tanto preocupa se pueden hacer dos cosas: esperar a que los musulmanes no vean fardón el velo o hacer el velo fardón para las occidentales paseándolo por la pasarela Cibeles. Aunque, vista la cantidad de imposiciones que tenemos ya con respecto a la vestimenta, lo mejor sería dejarles llevar lo que les dé la gana.

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