La primera de una larga lista de visitas al dentista

Tenía hora para las 10. Había notado unas molestias en la encía inferior, y me debatía entre la hipocondría compulsiva de que se me iba a caer un diente y el pánico atroz a que un desconocido me limpiara la boca por dentro. Llegué hacia las 9:30, y mientras subía las escaleras hacia el primero A recordé las palabras de un cura de mi pueblo que siempre repetía que llegar puntual no era llegar antes, sino llegar a la hora exacta. Muy bien, pensé, pero si puedo salir antes de las 11 mejor que mejor, que tengo cosas que hacer.

Hasta el momento, nunca antes había visitado a un dentista. No, no es cierto del todo. De pequeño mis padres me llevaban periódicamente, pero cuando tuve edad suficiente como para cuidar de mí, empecé a cuidar de mí de verdad. Nada de médicos, ni mucho menos de dentistas.A las 9:35 me permitieron pasar a la sala de la silla inclinada -vienes demasiado pronto, te dijimos que vinieras a las 10, pero pasa de todas maneras-. Me incline con la silla y me pusieron el babero, sin ni siquiera quitarme el pañuelo que traía anudado al cuello. Quise quitármelo, pero ya era tarde. Era lunes, y los acontecimientos avanzaban más rápido que yo. “Revisión y limpieza”, escuché, y el dentista empezó a lijarme las piezas dentales con una máquina mientras me succionaba el papo por dentro. Se me ocurrió decirle “me invitará primero a una copa”, pero no estaba de humor. Además ya tenía un aparato electrónico dentro, así que considere que hubiera sido el chiste perfecto sólo dos minutos atrás. “Ahora es tarde”, me reprendí.

Anduvo toqueteando con un grifillo cada raíz, y después trató de clavarme un hierro en las muelas con toda la fuerza que pudo. Mire sus ojos, por encima de la mascarilla. Tenía la mirada calmada y atenta, y las cejas depiladas, aunque no lo suficiente como para que no se notara que se las depilaba. “Estoy comprobando que no tengas caries. Y no parece que tengas ninguna”. “Endonces deja de indendar clavadme edo, pod favod”, supliqué.

Zarrapito, de Ana Pérez Bosque

A las 9:45 me daban boleto: muchas gracias, puede que te sangren las encías durante hoy y mañana pero luego pasará, tienes todo en orden. “Entonces, doctor -le dije yo- ¿no se me van a caer?” Él sonrió y contestó: “No si sigues viniendo para revisiones periódicas cada seis meses”. Me pasó un vaso de plástico lleno de agua para que me enjuagara, y luego lo dejó sobre la mesa. Me hubiera gustado más ver como lo tiraba a la basura, la verdad.Fue en ese momento cuando me sentí estafado. Me cobraron una pasta, y juro que yo podría hacer con cualquiera lo que hizo conmigo aquel señor. Ni siquiera me hizo daño. No es que prefiera que me hagan daño, pero al menos hubiera tenido la certeza de que me habían hecho algo.

Curioso mundo el de los médicos privados. Tú pides hora, y ellos te la dan cuando les da la gana. Tú cambias toda tu agenda entera. Ellos se quejan de que llegas cantes de lo previsto. Tú pagas los honorarios de un controlador aéreo a un tipo cuyo trabajo se parece bastante al de un limpiabotas.Y sales a comerte un bocadillo de anchoas para asentar el estomago y te pringas los dientes de nuevo. Porque, si algo he descubierto después de esta visita al dentista, es que los dientes -los mios al menos- se manchan antes que los niños la ropa de los domingos, o que los dedos de nicotina de Leopoldo María Panero, o que el calzoncillo de David Duchovny. Suerte que puedo volver dentro de 6 meses.

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2 comentarios

  1. Chinaski · · Responder

    muy bueno. me ha venido a la cabeza el principio de ese pedazo de relato de rubem fonseca, “el cobrador”

    http://eliasalfonso.es/?p=568
    come caviar, tu hora va a llegar

  2. Muy bueno. Yo hace tiempo que voy, y mi madre dice que si tengo los dientes bonitos es porque me lleva desde pequeño. Tendrá razón, ¿por qué iba a ser sino?

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