Telementira

La capacidad de manipulación de la tele es una gran virtud del medio: nos hace pensar que somos más modernos, más libres y menos desgraciados de lo que en realidad somos los telespectadores. Recrea un mundo ficticio que aborda el cuarto de estar por la pantalla para traernos todo lo que no somos pero nos gustaría ser. En la tele no hay verdad, solo plástico, y al espectador le encanta el plástico.

Atrás quedo la moda de contratar a un homosexual de co-presentador en los programas rosa. Era muy chupi verlos mariposear en la tele antes de que pudieran casarse entre sí. Una vez que estuvo normalizado ya no molaba tanto. No era transgresor. Paso de ser una perversión prohibida a lo más normal. Real, y por tanto, aburrido. Era mejor cuando estaban en los platós y no en las discotecas a las que voy.

Pruebas poligráficas validadas por el ejército israelí, inaniciones numerosas de caras conocidas en el Caribe, freaks magufos que aseguran que el mundo acabó el año pasado, tiburones ejecutivos despellejándose para agradar a un empresario rico; son muchas las modas excéntricas que la tele ha albergado. Después todas pasan cuando ya están vistas. La telerealidad es un oxímoron. Vemos, protegidos por la pantalla, lo que no vemos –ni queremos ver- en la calle. Todo el mundo quiere observar a los tigres en el zoo, otra cosa es dejarlos pasear por la Gran Vía.

Pero no todo es alegría y extravagante jolgorio en el menú del entretenimiento televisivo. El espectador también quiere víscera. Quiere ver a abuelas cayendo al suelo, porque hacen reír, y también porque le recuerdan que no es él quien cae. Para eso está Callejeros, el programa que introduce jeringuillas, miseria y prostitución –a partes iguales- en los platos de las familias españolas mientras toman la sopa el viernes por la noche. Puede ver como se pincha heroína un adolescente en Cuatro, o como una señora parte una pila de ladrillos con el pecho por dinero en Antena 3. A su elección y bon apetit.

En Generación Ni-Ni han pillado a los gamberros fumando porros. Las madres de España están encantadas de que no sean sus hijos. Es un consuelo valido de cualquier modo. El espectador siempre quiere ver a pobres más pobres que él, a desgraciados más desgraciados que él y a despojos humanos que le hagan verse bien. Una gran cena de los idiotas, donde los idotas miran y los que se pegan la gran cena son los que sirven.

Sólo una objeción. Eso que sale por la tele, eso que te hace sentirte más fuerte, mejor, es todo mentira. Así que probablemente cuando salgas a la calle y los ninis no estén fumando porros en tus narices pensaras en tu hijo, y en si no se le habrá ocurrido encender uno mientras estás fuera. Y en qué ejemplo le están dando en la televisión. Aunque luego probablemente se te olvide por la noche al ver que una chica simpatiquísima se droga como un punki durante 21 días, y no pierde ni su trabajo ni la sonrisa. Y sigue encantadora. ¿Por qué mi hijo no se parecerá a esa chica?

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