Jóvenes poetas

Me cuenta que ahora es poeta. Que está luchando para que le publiquen una colección de 25 poemas. Me lo dice y sigue pegándole caladas al pitillo. Lo he encontrado tomando café negro pero tiene tres envoltorios de azúcar vacíos sobre la mesa. No sé ni por qué me he parado a hablar con él. Ya tiene publicados algunos, en una recopilación. “Jóvenes Poetas Riojanos”. Soltando el humo despacio, dice que él es, de entre todos los jóvenes poetas riojanos, el que más se parece a los poetas que admira. Habla de Eliot y de Carver. Y de Baudelaire, pronunciando todo el rato “baudelair”. Él se cree bueno. Y lo he le leído y no es nada bueno, pero reconozco que, vestido de negro y cigarro en ristre, da el pego.
Dan el pego los poetas, como lo dan los músicos. Es fácil dejarse el pelo largo y coger una guitarra, tan fácil como ponerse unos pantalones anchos e intentar rapear. Deberían probarlo, todo entra si la base es suficientemente buena. Ya puedes recitar el Quijote; si la base es buena, cuadrará. O parecerá que cuadra. Y si tienes los abdominales como una tableta de chocolate, incluso puedes hacerte con unos cuantos seguidores para llenar de cuando en cuando una sala de conciertos. Pero la realidad, por suerte, será amiga de la música que de ti. Saldrás de las salas diciendo que tienen mala acústica. Siempre.
Dan el pego los músicos, pero menos que los cineastas. Son los nuevos artistas con mayúscula, la bohemia intelectual del momento: los únicos que hacen algo auténtico, como filmar a su gato comiendo, o grifos que gotean, montado siempre sobre el sonido de una cascada, o de pasos que se van. ¿El corte? Fundido a negro. Si sale de la sala y ha entendido algo es el fracaso del director. Si no ha entendido nada, no se preocupe, probablemente no había nada que entender.
Y resulta que al joven poeta riojano le gusta el cine. Me habla de un autor neoyorquino al que proyectan esta tarde en una sala cercana. Dice de él que hace poemas visuales, pero no me sorprende porque de sí mismo dice que “retrata la realidad”, como el rapero advenedizo afirma que hace “poesía urbana”. Temblando por la advertencia de que es “muy independiente” -como si se pudiera ser más o menos independiente en una escala de independencia- termino yendo a ver una proyección de Jem Cohen. Y sentado ahí en la oscuridad entre músicos intelectuales, y poetas de fin de semana, y cineastas amateur que no salen de casa sin su handycam de 1000 euros, descubro a un artista íntegro que documenta la vida de su ciudad con inteligencia y mala leche. Jem Cohen juega con sus historias a rellenar los trozos de la realidad en los que no se repara, la invisibilidad de los edificios o el peligro de los pasos de cebra. Las anécdotas escondidas de los habitantes de una urbe que no se miran entre sí. Poético.

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