No es culpa suya, es de la sociedad

No hay más que ver lo que ha pasado en las últimas elecciones presidenciales de EEUU. Las de Obama. Dos candidatos presidenciables y la ventaja de partida de uno sobre el otro, sólo por el factor racial. McCain representaba los valores del ciudadano adinerado: un héroe de guerra, un padre de familia, un hombre de Estado. Lo tenía todo para convertirse en Presidente, pero su color de piel le llevó al fracaso: los estadounidenses no votaron a McCain por la cantidad de prejuicios interesados existentes contra los blancos ricos.

Desde hace años constato una corriente de opinión que tiende a estereotipar al ciudadano rico. Los hacen aparecer como gente trajeada, que vive en ghettos residenciales, conduce coches con elevalunas eléctricos y que nunca va a comer a McDonalds. Personas que venderían a su padre por un seguro de vida, y con tejemanejes financieros al margen de la ley. Esos tópicos han calado hondo. Y es una verdadera injusticia.

Bien es cierto que hay de todo. También los que cumplen el tópico. Ahí están los nuevos ricos españoles: poceros y alcaldes de Marbella, o los Barcenas y Galeotes. Esos tipos estuvieron robando hasta el último día que se mantuvieron en los cargos sin que nadie lo impidiera. Todos eran ricos, lo admito. Pero ni siquiera sería justo cargarles toda la culpa a ellos, criminalizando, de paso, su posición social. La culpa no es completamente suya, la culpa es de la sociedad: de los barrios de las afueras donde crecieron, de las compañías que frecuentaron, de las vacaciones a las que sus heredadas fortunas les arrojaron -Marbella, Ibiza, Islas Griegas-, de las universidades a las que sus padres, estigmatizados como ellos por culpa del maldito dinero, les obligaron a ir.

Es nuestra responsabilidad como ciudadanos construir una sociedad nueva y más justa. Yo quiero que el niño rico tenga las mismas oportunidades que los otros, que gaste la ropa de su hermano mayor y que no tenga que partirse cúbito y radio anualmente en Baqueira. Que no tenga que pasar por el trance de que un desconocido sudamericano vaya a recogerle al colegio. Que pueda merendar crema de chocolate marca Hacendado y no la insípida y anticuada Nocilla. Yo quiero construir un presente mejor para los hijos de los ricos, acabar de una vez con la discriminación, para, algún día, poder dar a estos niños un futuro diferente que no pase por la corrupción urbanística.

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